
«La conversión de San Pablo camino de Damasco», Caravaggio
La semana pasada se celebró la Semana por la Unidad de los Cristianos, una iniciativa en la que congregaciones y parroquias de todo el mundo se unen en oración para pedir por la unidad de los cristianos de todas las iglesias y promover el ecumenismo. La semana culmina el 25 de enero, día en que conmemoramos la Conversión de San Pablo. Esta fiesta destaca dentro del martirologio romano como la del único santo del que celebramos su conversión. Las Escrituras nos narran cómo al joven Saulo, camino de Damasco, cuando aún se dedicaba a perseguir a los seguidores de Jesús, se le presenta el mismo Jesucristo resucitado para que transforme su ímpetu perseguidor y dedique sus talentos al servicio de la Iglesia de Jesucristo y, en concreto, se dedique a evangelizar a los gentiles.
La Iglesia Católica de hoy, que no es ajena a los males del hombre moderno, está llamada a revitalizar el impulso misionero en todos los países y en particular en los de tradicional cultura cristiana. Para ello, el Papa Benedicto XVI ha anunciado un Año de la Fe que comenzará el 11 de octubre de 2012, en el 50º aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II y concluirá el 24 de noviembre de 2013, en la Solemnidad de Cristo Rey del Universo.
Ecumenismo
San Pablo es también referente para el movimiento ecuménico por el que las diferentes iglesias cristianas de todo el mundo trabajan para restablecer la unidad originaria de la Iglesia. Según el YouCat, la palabra ecumenismo procede del griego oikumene (‘la tierra habitada’, ‘el orbe’), y en el Imperio Romano se empleaba para expresar al mundo como unidad; de ahí procede su significado actual entendido como «los esfuerzos por la unidad de los cristianos separados». En este sentido, la figura de San Pablo juega un papel relevante, pues, ya en su época, tuvo que encargarse de corregir a aquellos grupos disidentes que surgían en el seno de las primeras comunidades cristianas. Los judaizantes de Galacia, el culto supersticioso a los ángeles que se extendía entre los colosenses o el incipiente gnosticismo de la comunidad de Éfeso son algunos ejemplos de cómo Pablo trabajó por una Iglesia que, para él y nosotros, es «un solo Cuerpo, un solo Espíritu, una esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos» (Ef 4, 5-6).

Símbolo del ecumenismo
Siguiendo el ejemplo del apóstol, en la actualidad han surgido comunidades religiosas que trabajan por el ecumenismo, como la Comunidad de Taizé, fundada por el teólogo suizo Roger Schutz en los años 40 del siglo XX, y el Consejo Mundial de Iglesias, que agrupa a 349 iglesias y comunidades. Asimismo, periódicamente se celebran congresos y encuentros entre diferentes iglesias para acercar posturas, como el que protagonizó el beato Juan Pablo II a principios del Año Santo 2000, cuando abrió la Puerta Santa de la Basílica romana de San Pablo Extramuro (pdf) acompañado por el patriarca ortodoxo Athanasios de Constantinopla y el arzobispo de Canterbury George Carey, presidente de la Comunión Anglicana. Pero, más allá de estos gestos, Juan Pablo II nos recordaba que la oración es fundamental: «En el camino ecuménico hacia la unidad, la primacía corresponde sin duda a la oración común, a la unión orante de quienes se congregan en torno a Cristo mismo» (Ut unum sint, 22).
Sigamos el ejemplo de San Pablo y oremos para cumplir las palabras de Cristo: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).
José Manuel Lara y Javier Pérez
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